El proyecto
No tengo herencias. No tengo ahorros.
Tengo trabajo, determinación y un proyecto que se construye paso a paso.
Mi padre murió por no elegir. O peor: por no poder hacerlo.
Walter Hicks nunca fue parte de ninguna banda, pero pagó el precio de todas. Los llamados “impuestos de protección” no eran acuerdos: eran amenazas disfrazadas de rutina. Un mes eran unos colores, al siguiente otros. Y siempre el mismo miedo: saber que no pagar significaba perderlo todo.
Yo crecí viendo cómo esa presión lo desgastaba más que cualquier motor roto. Y entendí algo demasiado tarde: en Los Santos, la neutralidad mal entendida también mata.
No fue una teoría. Fue una lección aprendida con sangre.
Mi padre creyó que pagar en silencio era neutralidad. Que no involucrarse era una forma de protección. Pero en Los Santos, la neutralidad pasiva no existe. O elegís cómo te parás… o la ciudad decide por vos.
Las bandas no querían el taller. Querían lo que representaba: un punto fijo, dinero constante, alguien que no iba a contraatacar. Walter no era un jugador. Era un recurso.
Yo entendí algo que él nunca quiso aceptar: cuando todos te extorsionan, el problema no es pagar… es no tener poder de negociación.
El Haute nace desde ahí.
No como un frente limpio, ni como un negocio sucio. Nace como un punto de equilibrio donde ninguna banda pueda imponer condiciones sin perder algo a cambio.
No pregunto de dónde viene el dinero porque en esta ciudad casi nunca viene de un lugar limpio. Pregunto qué compra: silencio, protección, estabilidad.
Si una banda lava dinero, obtiene discreción. Si otra busca protección, obtiene neutralidad real. Y si ambas cruzan esa puerta, entienden una regla simple: acá no se juega a la guerra.
Mi padre murió por no elegir bando. Yo elegí algo distinto: elegir el gris, pero hacerlo desde el control.
Por eso, cuando pensé el Haute, no lo imaginé solo como refugio. Lo pensé como equilibrio.
Yo no lidero bandas.
No doy órdenes.
No reparto castigos.
Pero entiendo algo que mi padre nunca quiso aceptar:
en esta ciudad, sobrevive quien sabe negociar el gris.
El Haute no protege criminales. Protege el equilibrio.
Y en Los Santos, eso vale más que cualquier lealtad.
Trabajo en Benny’s de día. En el Diamond Casino por las tardes. Los fines de semana leo tarot. Cada dólar va a un fondo separado, destinado únicamente a este sueño.
He hablado con bancos. He escuchado muchos “no”. Pero también encontré personas dispuestas a ayudar: un contador, mi hija diseñando el espacio, contactos que ofrecen seguridad sin extorsión.
El Haute, si llega a existir, será un lugar donde la noche no sea amenaza.
Donde madres solteras puedan trabajar con dignidad. Donde se den oportunidades reales.
No quería un local que respondiera a una sola bandera. Quería un espacio donde ninguna pudiera imponerse sin consecuencias.
Necesito ese local porque Benny’s no es mío. Porque me duele.
Porque quiero ser madre sin vivir anclada al pasado.
Porque mi espiritualidad necesita espacio para respirar.
El Haute es una deuda conmigo misma. Con la mujer que fue madre a los dieciséis. Con la que prometió no abandonar… y falló.
El Haute nace con una regla clara, aunque nunca escrita: adentro no hay territorios.
Bandas distintas pueden cruzarse, negociar, observarse. No para hacerse amigas, sino para medirse sin violencia.
Lo que afuera se resuelve con armas, adentro se resuelve con acuerdos.
Esa neutralidad no es inocente. Es estratégica.
No me interesa saber de dónde viene cada billete. Me interesa saber qué problemas evita.
Quiero que Nia herede un lugar construido desde la elección, no desde la necesidad.
El Haute no es un capricho. Es el resultado de una vida marcada por pérdidas, errores y aprendizaje.
Si algún día tengo esas llaves en la mano, la primera tirada de tarot será para Walter Hicks. Para decirle que entendí su lección:
La justicia no siempre llega sola. A veces, se construye.